Caridad, Fraternidad, Unidad y Patriotismo a la Luz de Nuestra Señora de Guadalupe
Obispo William E. Lori, Capellán Supremo
Congreso Mariano de Caballeros de Colón
Phoenix, AZ
7 VIII 2009

Introducción
A. Estamos reunidos aquí como miembros de Caballeros de Colón y como católicos venidos de muy lejos, buscando crecer en nuestro conocimiento, amor y práctica de la fe de la Iglesia.
Esto es lo que nos ha atraído a este Congreso Internacional Mariano dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe y patrocinado por Caballeros de Colón.
B. Con el corazón agradecido, escuchamos una vez más el mensaje de Nuestra Señora a Juan Diego en el cerro del Tepeyac y mucho más allá. Nos sentimos envueltos en el dramatismo de ese momento de gracia cuando María, Estrella de la Evangelización, se acercó a este hemisferio para sembrar las semillas del Evangelio que no tardaron en germinar y lanzar profundas raíces. Guía nuestro devoto estudio de Nuestra Señora de Guadalupe la tilma que ella dejó como recuerdo viviente de su presencia entre nosotros. Al mirarla, podemos vernos con más claridad a nosotros mismos, nuestra fe y nuestra cultura. Por su ejemplo e intercesión maternal por nosotros ante el trono de gracia, reconocemos quiénes somos y quiénes debemos llegar a ser en Cristo.
C. En verdad nos regocijamos en la cercanía de Nuestra Señora de Guadalupe.
Cuanto más miramos su imagen, más vemos cómo vino a afirmar y unir las diversas lenguas, costumbres y culturas bajo el estandarte de su Hijo, Jesucristo, en la comunión de la Iglesia. Llena de gracia, derrama la luz de su Hijo sobre nosotros y sobre nuestra fe. Además, su propio discipulado sin mancha nos muestra, con más claridad que ningún otro, cómo responder al amor de Dios, un amor que conocemos como miembros de la Iglesia y miembros de Caballeros de Colón.
D.No es pues ninguna sorpresa que Nuestra Señora derrame la luz de su amor en Jesucristo sobre los primeros principios de la vida cristiana, que son precisamente los cuatro principios que se encuentran en el corazón de nuestro discipulado común y que son, al mismo tiempo, el fundamento de Caballeros de Colón.
Estos cuatro principios son caridad, unidad, fraternidad y patriotismo.
En el tiempo de que dispongo, quiero reflexionar con ustedes sobre la forma en que Nuestra Señora de Guadalupe moldea nuestra forma de comprender estos principios, que son, repito, caridad, unidad, fraternidad y patriotismo. Mirando la tilma de María, que legó a Juan Diego, a América y al mundo, reflexionemos sobre cómo el papel de María en la historia de la salvación y su discipulado derraman luz, belleza y alegría sobre los sólidos principios de nuestro propio discipulado como seguidores de Cristo, como miembros de su Cuerpo, la Iglesia, y como miembros de nuestra amada Orden, Caballeros de Colón.
I. Caridad: Madre del Divino Amor
A. Primero hablaré de la Caridad.
Como saben, nuestro Caballero Supremo, Carl Anderson, junto con Mons. Eduardo Chávez, han escrito un hermoso libro que describe a Nuestra Señora de Guadalupe como Madre de una Civilización de Amor.
En él relatan la historia de cómo la Madre Virgen de Dios se le apareció a Juan Diego, para confiarle un mensaje de amor redentor dirigido al Hemisferio Occidental, un mensaje de amor que sigue teniendo el poder de inspirarnos y transformarnos.
Nuestra Señora se presentó ante Juan Diego como la Madre de la Misericordia, pues, como nos lo recordó el Papa Juan Pablo II, ‘siempre experimentamos el amor de Dios como Misericordia’.
Nuestra Señora estaba vestida de belleza cuando se acercó a Juan Diego, pues es la Madre de Dios asunta al cielo, vestida del sol y las estrellas; pero también sigue siendo la humilde Virgen de Nazareth, a través de quien Dios bajó para tocarnos con un amor totalmente generoso.
En su apariencia, vestido y belleza, María manifiesta una amorosa solidaridad con el pobre y el humilde, con aquellos que no tienen posición social, con aquellos a través de quienes a menudo brilla con esplendor el amor de Dios. Llega como mensajera del Aquel “que enaltece a los humildes”.
B. Los que han estudiado y rezado ante la tilma a menudo se sienten atraídos por los ojos de la Virgen, tan vivos, tan penetrantes.
Sus ojos exceden aun lo que el artista más talentoso puede pintar, pues los ojos de Nuestra Señora transmiten “la mirada de amor” que todos ansiamos (cf. DCE, 18), la mirada de divino amor, trasmitida por su corazón sin mancha.
Cuando María nos mira cuando nosotros levantamos la mirada hacia ella, sentimos cómo nos envuelve el amor de Dios, en cuerpo, mente y espíritu.
Percibimos que María vino a nuestro hemisferio con el mensaje de ese amor sin el cual nuestra vida no tiene sentido, ese amor del que depende nuestra vida.
C. Su presencia y amor maternal tocaron la vida ya devota de Juan Diego, trajeron salud y una nueva vida a su tío enfermo, Juan Bernardino.
El divino Hijo que llevaba en su vientre enalteció al humilde Juan Diego, elevando a este hombre de baja extracción al rango de mensajero de la evangelización, enviándolo a llevar buenas noticias a los humildes, primero al Obispo, Juan de Zumárraga, luego a los esforzados misioneros españoles, y finalmente a todo el Nuevo Mundo.
El amor maternal de María penetra el corazón de cada creyente en su necesidad, pero también penetra la vida, las lenguas y las culturas de un continente, el continente que nuestra Iglesia llama América, del sur, central y del norte.
D. En su aparición a Juan Diego, María está embarazada de su Hijo, Jesús.
No es que aún no hubiera nacido, es solo que aún no había nacido en nosotros. María, la Madre del Salvador, vino a dar a luz a un nuevo pueblo, un pueblo con una nueva apariencia y una nueva cultura, un pueblo formado en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, aquellos en quienes habían sido sembradas las semillas de una nueva civilización de amor. Y ahora está ante nosotros, testimonio viviente del inalterable amor de Dios por nosotros.
E. Desde el inicio mismo, Caballeros de Colón adoptó como su primer principio el primer principio de la vida cristiana, que es la caridad.
El primer sentido de caridad no es lo que hacemos por otros, sino el amor previo de Dios por nosotros, revelado en Cristo y comunicado por el Espíritu, un amor que también nos es accesible gracias a amor maternal de la Virgen María.
Nuestra caridad – nuestro amor por Dios y el prójimo – es una respuesta de gracia a la de Dios, quien nos amó primero y quien ha derramado su amor en nuestros corazones por medio de Espíritu Santo.
Nos encontramos aquí en este Congreso Mariano porque la inmaculada Virgen de Guadalupe nos guiará a Cristo en el Espíritu, para que podamos crecer en el amor de Dios y manifestar este amor amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos, es más, ¡amando a nuestro prójimo como lo ama Dios!
Como hijos y familias de la Virgen Madre de Guadalupe, los que somos parte de Caballeros de Colón nos entregamos para servir a otros. Tratamos de emular el amor de María que llega a las personas y las familias en su hora de necesidad, un amor que, al mismo tiempo, tiene la capacidad de cambiar el mundo que nos rodea.
Por eso somos voluntarios, el prójimo para el prójimo, por eso emprendemos enormes cantidades de actividades caritativas. Como María, respondemos a Dios que nos amó primero. Como María, somos portadores del amor transformador de Cristo. Como María, venimos con un amor capaz no solo de cambiar el corazón de cada persona, sino los países y las culturas que representamos.
II. Unidad: Madre de los Vivos
A. Reflexionemos ahora sobre el principio de unidad, tan evidente en las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe.
El don de unidad que nos trajo María no era una paz negociada ni el resultado de un arreglo. Más bien, Nuestra Señora de Guadalupe, por su vestido, su apariencia y sus palabras puso de relieve las sangrientas divisiones del México del siglo XVI, solo para superar estas divisiones limpiando el camino hacia la unidad, una unidad que tiene “la unidad del Espíritu, mediante el vínculo de la paz” (Ef. 4,3).
B. Por las presentaciones de hoy, ustedes ya saben cómo que era México después de 1521, lo que llevó a la aparición de la Virgen María a Juan Diego en 1531.
Se podría decir que era “una cultura de la muerte”.
Los conquistadores españoles trataban con crueldad a los pueblos indígenas. A menudo los esclavizaban, los despojaban de sus propiedades y les prohibían hablar sus lenguas indígenas.
Muchos murieron por la espada. ¿Es acaso de extrañarse que la mayoría de los pueblos indígenas no se sintieran atraídos a la fe? El Obispo y los misioneros franciscanos se compadecían de los indígenas, pero les era muy difícil convencerlos de que abrazaran a Cristo y su Iglesia ante este comportamiento tan cruel y deshumanizante.
El Obispo Zumárraga denunció la crueldad de los conquistadores, y muchos de ellos dejaron de asistir a Misa; algunos trataron de que lo destituyeran o incluso lo mataran.
C. Al mismo tiempo, la cultura indígena del Imperio Azteca, como se le llama algunas veces, era rica y compleja y en muchos aspectos avanzada, pero era también terriblemente cruel y deshumanizante.
Piensen en la terrible práctica de los sacrificios humanos que ha descrito Mons. Chávez, un culto cruel para aplacar a un ídolo, para mantener al sol y el sustento. Dentro de esta cultura también había prejuicios tribales, esclavismo y otras formas de crueldad.
D. Nuestra Señora de Guadalupe, llevando al Niño en el vientre, se le aparece a Juan Diego.
A esta cultura de la muerte, María trae a Cristo, autor de la vida, quien “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.” (GS, 22).
En cierto sentido, lleva dentro de sí misma ‘la verdad sobre la persona humana’ y la inviolable dignidad de cada ser humano, creado a imagen de Dios. Al llevar en sí a quien es Dios de Dios y luz de la luz, su rostro, su vestido, su lenguaje iluminan lo que la razón percibe más tenuemente, es decir, la dignidad de la persona humana desde su concepción hasta su muerte natural.
Ésta es la humanidad común que compartimos y la base de un orden social justo. María viene a Juan Diego con palabras de amor y aliento, en una lengua prohibida, pero llevando rosas que hablan de otros lugares y culturas.
Su complexión es la de una nueva raza que apenas empezaba a emerger, la mestiza, que comprende tanto rasgos españoles como indígenas. Cubierta por el Espíritu del amor, nos trae a Cristo, quien une en sí lo que el pecado, la discordia y la ignorancia humana han dividido.
E. Tanto el Papa Juan Pablo II como el Papa Benedicto XVI han exhortado a la Iglesia de América, del norte, central y del sur, a percibir su “alma Mariana”, y así unirse para proclamar la dignidad de la persona humana, como un fundamento sólido para la justicia y la paz, y para el bien común, una verdad que es también tan sólida como una roca al proclamar y difundir la fe católica.
María, quien siempre nos guía a Cristo, aún nos llama a construir una cultura de la vida, donde se reconozca, respete y promueva la dignidad y la humanidad común de cada persona.
Somos llamados a defender la santidad de la vida, ante todo y sobre todo la defender al nonato, a defender al frágil anciano, a defender la vida familiar, a luchar por la libertad religiosa, a oponernos a las políticas migratorias inhumanas.
En pocas palabras, debemos trabajar “al servicio de uno, al servicio de todos”.
F. Como Caballeros de Colón, estamos unidos por nuestra fe y nuestra misión compartida. Somos más de 1.7 millones de hombres con sus familias en varias culturas.
Hablamos inglés, francés, español, tagalog y polaco, pero estamos unidos por nuestra fe y la visión del Padre McGivney.
En nuestra labor caritativa y en nuestras causas, buscamos defender la vida humana inocente, fortalecer la familia, llevar la ética a los lugares de trabajo, asistir a los necesitados, por nuestro agudo sentido de nuestra humanidad común confirmada por nuestra fe en Cristo y alimentada por nuestra devoción a la Virgen María.
Y en nuestras actividades en el mundo entero, tratamos de ser una fuerza por la unidad, de derribar las barreras que ha creado el pecado – barreras de raza, lengua y prejuicio – barreras que se alzan cuando los fuertes y poderosos dominan a los débiles e indefensos.
III. Fraternidad: Hermandad
A. Hablaré ahora de fraternidad, o hermandad.
Porque no basta con percibir una humanidad común, ni simplemente saber lo que nos une como familia humana.
Necesitamos una red de relaciones humanas, en especial de relaciones de familia, amigos, conciudadanos, y personas que se adhieran a la verdad fundamental sobre la persona humana.
Por eso nacieron muchos grupos incluyendo las sociedades fraternales, pero ninguna está tan claramente fundamentada en el sentido cristiano de hermandad como Caballeros de Colón.
B. Porque la hermandad cristiana es algo aun más grande que la hermandad de sangre o cualquier otra forma de relación humana.
Se basa en la fe en Jesucristo, el propio Hijo de Dios en la carne, quien reveló al Padre y su amor por nuestra redención. En 1960, un joven Padre, Joseph Ratzinger, escribió: “En última instancia la hermandad cristiana está fundada en la fe que nos brinda una seguridad real de nuestra verdadera relación filial con el Padre celestial.”
C. Durante este Congreso Mariano han oído cómo Nuestra Señora de Guadalupe introdujo la verdadera fraternidad, la verdadera hermandad en todo el Continente Americano, del norte, central y del sur.
Antes de su aparición, la fe cristiana no había progresado casi nada. Estaba obstaculizada por la crueldad humana que se erguía como un signo maligno de contradicción. Cuando hubo aparecido Nuestra Señora de Guadalupe, floreció la evangelización.
Se calcula que en unos cuantos años unos 9 millones de personas se acercaron a Cristo y fueron bautizadas en la fe de la Iglesia. América, con su “corazón Mariano”, se convirtió en “un continente de bautizados”.
D. En el bautismo, somos infundidos con la nueva vida del Señor crucificado y resucitado.
Con toda nuestra diversidad, nos convertimos en los hijos adoptivos del Padre, y así en los hermanos y hermanas de Jesús, que pueden decir que tienen la misma Madre.
Nuestra hermandad en Cristo no es solo una idea noble, sino que se expresa y fortalece en la celebración de la Eucaristía, en la cual compartimos el Cuerpo de Cristo para convertirnos en el Cuerpo de Cristo.
Se expresa en nuestro amor por Dios y nuestro prójimo, y se expresa también en nuestra solidaridad uno con otro, con los otros católicos y con los pobres y necesitados. Es una fraternidad que se sustenta en las buenas y en las malas, en tiempos de alegría, tristeza e incluso confusión.
Nuestra fraternidad, nuestra hermandad en Cristo, no es de ninguna manera un círculo cerrado, sino que incluye a nuestros obispos y sacerdotes, a quienes apoyamos en solidaridad, nuestras esposas, familias, y todos aquellos que comparten nuestra fe católica.
Se abre a los que buscan la plenitud de la verdad y a las personas de buena voluntad que buscan afirmar la dignidad de la persona humana y trabajar por el bien común de la sociedad.
E. Como nuestra fraternidad tiene sus raíces en el Señor, el Hijo Eterno de Dios que se convirtió en nuestro hermano, y porque nuestra fraternidad está alimentada por la Virgen María, debemos ser agentes explícitos de la nueva evangelización.
Somos llamados a dar testimonio del Evangelio y su amor transformador, cuyas semillas fueron sembradas en este continente por Nuestra Señora de Guadalupe.
Somos llamados a ser el brazo derecho fuerte de la iglesia, el Papa, los obispos y los párrocos en la labor de evangelización y en la defensa de la Santa Madre Iglesia.
Nuestra especial preocupación deber ser por aquellos que no están en la hermandad de la fe, los que eran católicos pero ya no practican su fe, los católicos que se han unido a otras denominaciones, los católicos que fueron mal evangelizados o catequizados, los católicos que han sido lastimados por los que representan a la Iglesia.
También debemos preocuparnos por los muchos que no tienen iglesia y que a menudo viven en una especie de páramo espiritual. Como verdaderos colaboradores, hijos e hijas de nuestra Señora de Guadalupe, debemos dirigirnos a ellos en formas que puedan comprender y aceptar, en formas que toquen sus mentes, corazones y raíces culturales, y así llevarlos a la comunión con el Hijo divino de María, una comunión de vida y amor que llamamos Iglesia.
IV. Pariotismo
A. Desde la fundación de nuestra Orden, los miembros de Caballeros de Colón han sido patriotas.
En todos los países donde son activos los Caballeros, sus miembros han luchado por que retroceda el poder de los tiranos y terroristas de la época actual, y para defender la dignidad, la libertad y los derechos de los seres humanos.
Seguimos expresando nuestro amor por el país siendo activos en los procesos políticos, defendiendo con energía la vida humana inocente y el papel de la familia, cumpliendo con nuestras labores diarias lo mejor que podemos por nuestra patria, y tratando de librar nuestro país de todo lo que se aleja de sus valores más sagrados.
Por medio del Cuarto Grado de la Orden, subrayamos el compromiso de los Caballeros de Colón con el amor de Dios y de su país.
B. Nuestra Orden nació durante un periodo de una intolerancia intensa, incluso abierta, contra la Iglesia Católica, una intolerancia que aún persiste en varias formas, al menos en ciertas partes de Estados Unidos.
Sin embargo, somos persistentes en nuestro patriotismo, no porque nos imaginemos que nuestros respectivos países y las culturas que encarnan son perfectos, sino porque confiamos en que la verdad y el amor de Dios, por medio de nosotros y nuestros conciudadanos, pueden ayudar a remediar nuestra patria, promoviendo que la tierra que llamamos hogar esté a la altura de sus ideales fundamentales, se apegue a lo que es coherente, cierto, bueno y hermoso en nuestra cultura original.
El patriotismo, queridos amigos, no es una virtud para los débiles de corazón.
C. Aquí también, Nuestra Señora de Guadalupe es nuestra guía.
En este Congreso Mariano han oído las descripciones detalladas de cómo Nuestra Señora de Guadalupe inteligentemente adoptó todos los elementos culturales del México del siglo XVI, incluyendo su complexión, su lengua, su vestido y mucho más.
Su apariencia y la tilma que legó han sido llamados “un códice de amor”, un mensaje codificado que afirma lo que era cierto y bueno en la cultura mexicana de su época.
María, en cierta forma, identificó para nosotros los cimientos humanos y culturales sobre los que podía construirse el edificio de la fe en el Nuevo Mundo. Sin embargo, su mensaje no era solo para un tiempo y lugar.
Vino entre nosotros como un ejemplo de cómo amar a su país de manera que sus rasgos distintivos puedan incorporarse al Reino de Dios. Nos enseñó cómo en la presencia de Cristo, Dios verdadero y hombre verdadero, y en su luz, nos permite discernir los elementos de nuestra cultura que son acordes con la dignidad humana y los que no, los que ayudan a comunicar la fe y los que no.
D. Al hacerlo, Nuestra Señora de Guadalupe implantó en este Continente Americano una añoranza de la verdadera patria, que está en el cielo.
Cuando esperamos la plenitud del Reino de Dios, la completa comunión con el Dios Trino y entre nosotros, no ansiamos escapar del mundo, de sus tragedias, dilemas y problemas.
Como Nuestra Señora, tratamos de cooperar para traer la comunión de Dios a nuestra propia vida y amor aquí mismo en el corazón de la ciudad terrenal, aquí mismo en la confusión, la tragedia, la desdicha que siempre caracterizan los esfuerzos humanos y la historia que escribimos con nuestra vida.
Pensamos en nuestra verdadera patria con el Dios Trino, junto con María y todos los santos y ángeles. La belleza de la nueva y eterna Jerusalén nos ha sido mostrada por la Hija de Sion, por María, la mujer vestida del sol y las estrellas.
Cuando esa belleza se apodera de nuestra alma, entonces estamos listos para ser verdaderos patriotas, verdaderos ciudadanos de la ciudad terrenal que debemos transformar en una verdadera civilización del amor.
La Virgen María no vino a crear una utopía en la tierra, sino que plantó las semillas de una cultura en la que haya respeto por la vida y la dignidad humanas, en la que sea norma la preocupación por el otro y sus necesidades, y en la que se busquen siempre la justicia y la paz.
Conclusión
Para concluir con las conmovedoras palabras de nuestro Caballero Supremo y de Mons. Chávez: “Desde Canadá hasta Argentina, todos los que vivimos en América somos llamados, como Juan Diego, a cerrar las brechas entre todo tipo de culturas, religiones y facciones, representando para todos el mensaje de Nuestra Señora ... el mensaje de la madre de una civilización del amor.”
Nuestra Señora de Guadalupe, ruega por nosotros.
¡Vivat Jesus!
Unity: Mother of the Living
Let us reflect now on the principle of unity, so evident in the apparitions of Our Lady of Guadalupe. Mary’s gift of unity was not a negotiated peace or the result of compromise. Instead, Our Lady of Guadalupe, by her vesture, her appearance, and her words, set the bloody divisions of 16th century Mexico in sharp relief, only to overcome those divisions by clearing a path toward a unity, a unity which has ‘the Spirit as its origin and peace as its binding force’ (Eph. 4:3).
From today’s presentations, you already know it was like in Mexico after 1521,leading up to the Virgin Mary’s appearance to Juan Diego in 1531. One might say that it was indeed “a culture of death”. The Spanish conquistadores treated the indigenous peoples cruelly. They were often enslaved, deprived of property, and forbidden to speak their native languages. Many died by the sword. Was it any wonder that most of the native peoples were not attracted to the faith?
The Bishop and the Franciscan missionaries sympathized with the native peoples but found it very difficult to convince them to embrace Christ and his Church in the face of such cruel and de-humanizing behavior. Bishop Zumárraga denounced the cruelty of the conquistadores, Many of them stopped going to Mass; some tried to have the bishop removed and even killed.
At the same time, the native culture of the Aztec Empire, as it is sometimes known, was richly complex and in many ways very advanced, though also terribly cruel and dehumanizing. Think of the terrible practice of human sacrifice which Msgr. Chavez has described, a cruel cult carried out to placate an idol, so as to maintain sun and sustenance. Within this culture, there were also inter-tribal prejudices, enslavement, and other forms of cruelty.
Our Lady of Guadalupe, carrying the Child of her womb, appears to Juan Diego. Into this culture of death, Mary brings Christ, the author of life, ‘Who reveals man to himself and brings to light his most high calling’ (GS, 22). In a certain sense, she bears within herself ‘the truth about the human person’ and the inviolable dignity of each human being, created in God’s image.
Bearing within herself he who is God from God and light from light, her face, her clothes, her language illuminates what reason more dimly perceives, viz., the dignity of the human person from conception until natural death. This is the common humanity that we share and the basis for a just social order. Mary comes to Juan Diego speaking words of love and encouragement in a forbidden language, yet bearing roses that spoke of other places & cultures. Her complexion is that of a new race of people that had only begun to emerge, the “mestiza”, encompassing both Spanish and native Indian features. Overshadowed by the Spirit of love, she brings us Christ who unites in himself what sin, strife, and human ignorance has divided.
Both Pope John Paul II and Pope Benedict XVI have urged the Church in America, North, Central, and South – to perceive its “Marian soul”, and thus to unite in proclaiming the dignity of the human person, as the bedrock basis for justice and peace, and for the common good, a truth that is also bedrock in proclaiming and spreading the Catholic faith. Mary, who always leads us to Christ, still calls us to build a culture of life where the dignity and common humanity of each person is recognized, respected, and fostered. We are called to defend the sanctity of life, first & foremost to defend the unborn, to defend the frail elderly, to defend family life, to stand up for religious liberty, to oppose inhumane immigration policies. In short, we are to work “in service to one, in service to all”.
As Knights of Columbus we are united by our faith and our common mission. We comprise over 1.7 million men and their families across diverse cultures. We speak English, French, Spanish, Tagalog, and Polish, yet we are united in our faith and in the vision of Father Michael McGivney.
In our charitable activity and in our advocacy, we seek to defend innocent human life, to strengthen the family, to bring ethics to the workplace, to assist those who are in need – out of keen sense of our common humanity confirmed by our faith in Christ and nurtured by our devotion to the Virgin Mary. And in our world-wide activities, we seek to be a force for unity, to break down the barriers which sin has created – barriers of race, language, and prejudice – barriers that are created when the strong and powerful dominate the weak and defenseless.
Fraternity: Brotherhood
I speak now of fraternity, or brotherhood. For it is not enough to perceive a common humanity or simply to know what binds us together as a human family. We need a web of human relationships, especially family relationships, friends, fellow citizens, and people who espouse the fundamental truth about the human person. For this reason, many groups, including fraternal societies, came into existence, but none is so clearly based on the Christian meaning of brotherhood than the Knights of Columbus.
For Christian brotherhood is something even greater than blood brotherhood or any other kind of human relationship. It is based on faith in Jesus Christ, God’s own Son in the flesh, who revealed the Father and his love for the sake of our redemption. In 1960, a young Father Joseph Ratzinger, wrote: “Christian brotherhood is ultimately founded on the faith that gives us assurance of our real son-ship in relation to the heavenly Father.”
In the course of this Marian Congress you have already heard how Our Lady of Guadalupe introduced true fraternity, true brotherhood, throughout America, North, Central, and South. Prior to her appearance, the Christian faith had made virtually no progress. It was blocked by human cruelty which stood as an evil sign of contradiction. After Our Lady of Guadalupe appeared, evangelization blossomed. It is estimated that, within a few years, some 9 million people flocked to Christ and were baptized into the faith of the Church. America, with its “Marian heart”, became “a continent of the baptized.”
In baptism we are infused with the new life of the crucified and risen Lord. In all our diversity, we become the Father’s adopted children and thus, brothers and sisters in Jesus who claim the same Mother. Our brotherhood in Christ is not just a noble idea but rather is expressed and strengthened in the celebration of the Eucharist, wherein we share the Body of Christ in order to become the Body of Christ.
It is expressed in our love of God and neighbor and expressed as well in our solidarity with one another, with our fellow Catholics, and with the poor and needy. It is a fraternity that is sustained in good times and in bad, in circumstances of joy, sorrow, and even confusion. Our fraternity, our brotherhood in Christ, is by no means a closed circle but rather includes our bishops and priests, with whom we stand in solidarity, our spouses, family members, and all those who share our Catholic faith. It opens out to those who are searching for the fullness of truth and to people of good will who are seeking to affirm the dignity of the human person and to work for the common good of society.
Because our fraternity is rooted in the Lord, the Eternal Son of God who became our brother, and because our fraternity is nurtured by the Virgin Mary, we must therefore be explicit agents of the new evangelization. We are called to bear witness to the Gospel and its transforming love, the seeds of which were planted in this continent by Our Lady of Guadalupe. We are called to be the strong right arm of the Church, the Pope, the bishops, and parish priests in the work of evangelization and in defending Holy Mother Church. Our special concern must be those who are not in the brotherhood of the faith, lapsed Catholics, those who no longer practice their faith, Catholics who have joined other denominations, Catholics who were poorly evangelized and catechized, Catholics who have been harmed by those representing the Church.
We should also be concerned about the many un-churched people who often live in something akin to a spiritual wasteland. As true co-workers, sons and daughters, of Our Lady of Guadalupe, we are to address them in ways that they can understand and grasp, in ways that touch their minds, their hearts, their cultural roots, and thus win them over into the communion of Mary divine Son, a communion of life and love we call the Church!
Patriotism
Since our founding, the members of the Knights of Columbus have been patriots. In all the countries where the Knights are active, its members have fought to turn back the rule of modern-day tyrants and terrorists, and to defend human dignity, freedom, and rights. We continue to express our love of country by being active in the political process, by our strong defense of innocent human life and the role of the family, by doing our daily work as well as we can for the sake of our homelands, and by seeking to rid our countries of all that departs from their most sacred values. Through the Fourth Degree of the Order, we highlight the commitment of the Knights of Columbus to love of God and country.
Our Order was born in a period of intense, even overt bigotry against the Catholic Church, a bigotry that persists in various forms today, at the least is some parts of these United States. Nonetheless, we are persistent in our patriotism not because we imagine our respective countries and the cultures they embody, to be perfect – but because we are confident that God’s truth and love, working through us and our fellow citizens can help mend our native lands, prompting the lands we call home to live up to their founding ideals, to embrace that which is coherent, true, good, and beautiful in our native cultures. Patriotism, my dear friends, is a virtue not for the faint of heart.
Here again, Our Lady of Guadalupe is our guide. In this Marian Congress you have heard detailed descriptions of how Our Lady ingeniously embraced all the cultural elements of 16th century Mexico, including her complexion, her language, her vesture, and much more. Her appearance and the tilma which she left behind have been called “a codex of love” … an encoded message affirming what was right and true and good in the Mexican culture of the day. Mary, as it were, identified for us the human and cultural foundation upon which the edifice of the faith could be built in the New World. Her message, however, was not merely for one time and place. She came among us as an exemplar of how to love one’s country in such a way that its distinctive traits can be incorporated into the Kingdom of God.
She taught us how the presence of Christ, true God and true man, and in his light, she enables us to discern those elements in our culture which accord with human dignity and those which do not, those which help communicate the faith, and those which do not. In so doing, Our Lady of Guadalupe implanted on this continent of America a longing for our true homeland, which is in heaven. As we look toward the fulfillment of the Kingdom of God, toward complete communion with the Triune God and with one another, our longing is not an escape from the world—it tragedies, dilemmas, and problems.
Rather, like our Lady, we seek to cooperate in bringing the communion of God’s own life and love right here to the heart of the earthly city, right here to the confusion, the tragedy, the mischance that always characterize human endeavor and the history we write by our lives.
We look to our true native land with the Triune God, together with Mary and all the saints and angels. The beauty of the new and eternal Jerusalem has been shown us by Daughter Zion, by Mary, the woman arrayed with the sun and the stars. As that beauty takes hold of our souls, then we are equipped to be true patriots, true citizens of the earthly city which we are to transform into a true civilization of love. The Virgin of Guadalupe did not come to create an earthly utopia but she did plant the seeds of a culture in which human life and dignity is respected, in which caring for one another and the needs of others is the norm, and in which peace and justice is consistently sought.
Conclusion
To conclude with the stirring words of our Supreme Knight and Msgr. Chavez: “From Canada to Argentina, all of us who live in the Americas are called, like Juan Diego, to bridge the divides of cultures, religion, and factions of any kind, by presenting to all the message of Our Lady . . . the message of the mother of a civilization of love.
Our Lady of Guadalupe, pray for us!
Vivat Jesus!







