Viernes Misa Votiva de San Juan Diego 

del Obispo Thomas J. Olmsted

Homilía a la Misa Votiva de San Juan Diego

el Congreso Mariano Phoenix, Arizona.


agosto de 2009


 

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.†Mateo 11, 25. Obispo Thomas Olmsted

Durante los años en que serví como Pastor de la Parroquia de St. Vincent de Paul en Seward, Nebraska, tuve el privilegio de llevar la Sagrada Comunión a Rosie, una joven con serias limitaciones intelectuales. Solo pronunciaba unas cuantas palabras y frases incompletas. No podía seguir mis homilías (¡y no era la única!). Rosie tenía la capacidad mental de una niña pequeña.

Pero cada miércoles por la tarde, su padre y ella esperaban que yo le llevara la Sagrada Comunión. Cada vez decía “Amen†cuando yo elevaba la hostia divina con una amplia sonrisa en el rostro. Cuando recibía a Cristo en la Eucaristía, era una con nuestro Señor y Salvador, Rey del Universo.

Rosie sabe mucho más de Dios que el ateo más sabio de Harvard. Pues ella conoce el amor de Dios nuestro Padre, y siente también el amor de la Madre de Dios, la Virgen María. Solo si nos abrimos al don de la fe en Dios podemos recibir esta sabiduría espiritual. “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.†Mateo 11, 27.

Bendita es Rosie, y benditos somos ustedes y yo que conocemos y amamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, esta Bendita Trinidad que viene a morar a nuestro corazón y nos habla por medio de la Iglesia.

  El conocimiento de Dios es Su regalo a los que son pequeños como niños, aquellos que creen con humildad y fe. Los “doctos y eruditos†de este mundo también pueden llegar a conocer a Dios (y Él desea que lo hagan) pero, cuando lo logran, no se debe a su propia inteligencia, sino a su aceptación del don de la fe. Jesús lo reitera durante todo Su ministerio público. Recordemos estas palabras que nos transmite San Marcos (10, 15): “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él».

El conocimiento de Dios, la bendición de conocer al Señor por medio de Su Divina Revelación, no es un logro del que nos podamos ufanar; es un don de nuestro Padre celestial, Pero, al mismo tiempo, debemos recibir su don con gratitud y trabajar por nuestra salvación, usando nuestra energía y capacidad para cumplir con la misión que Dios nos ha dado. “Ustedes han recibido gratuitamenteâ€, dice Jesús, “den también gratuitamente.†Y en el Evangelio de hoy nos dice “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana». Mateo 11, 30.

Sin lugar a dudas, San Juan Diego se regocijaba en estas palabras de Cristo. Resonaban con sus deseos internos más profundos. Por su propia experiencia y la de su pueblo nativo del centro de México, estaba muy consciente de la drástica diferencia entre el yugo de la esclavitud y el yugo de ser un hijo amado. Había aceptado agradecido el yugo de ser hijo de Dios por el bautismo, y deseaba cumplir el deseo de su Padre celestial en todo momento. También sabía que el procedimiento de Dios es tan diferente de la forma de proceder de los seres humanos, que a veces es tentador pensar que nuestros procedimientos humanos son mejores, en especial cuando uno de entiende al principio lo que pide Dios o lo que requiere la obediencia. Solo con perseverancia y gracia descubrimos el significado del Eclesiástico (3, 17) : “Hijo mío, realiza tus obras con modestia y serás amado por los que agradan a Dios. Cuanto más grande seas, más humilde debes ser, y así obtendrás el favor del Señor.â€

Los humildes no tienen “otros diosesâ€, ni falsos ídolos, no hay nada que desee más su corazón que una amorosa comunión con el Señor y la compañía de todos los santos. Porque sabía cómo “realizar sus obras con modestiaâ€, Juan Diego estaba dispuesto a dejar “sus propias obras†cuando tenía un llamado más elevado o una misión más importante. Por supuesto, esto fue lo que sucedió cuando Nuestra Señora de Guadalupe se le apareció en el cerro del Tepeyac en diciembre de 1531, y le pidió que fuera el mensajero elegido para llevar un mensaje al Obispo de México. Para cumplir con su misión, Juan Diego necesitaba a vez gracia y perseverancia, así como la virtud de la humildad.

Existen más de 70 especies de cactus diferentes en Arizona y el norte de México. Son increíblemente diferentes en tamaño, desde el majestuoso Saguaro, que alcanza la altura de un edificio de cinco pisos y pesa hasta 15 toneladas, hasta el diminuto pediocactus, que no tiene más de dos pulgadas de altura. Aunque no hay cactus más majestuoso y elegante que el Saguaro, éste no puede competir con la exquisita belleza del pediocactus. Entre abril y mayo, y una vez más a mediados del verano, nacen botones rosados de este pequeño cactus, a veces más grandes que la planta, alegrando el corazón del excursionista observador y alabando a Dios.

San Juan Diego no era un saguaro, sino un pediocactus. No se esforzaba por atraer la atención hacia sí mismo, sino que le deleitaba atraer la atención hacia la belleza de Dios y de Su Madre, Nuestra Señora de Guadalupe. Cuando mostró su tilma al obispo, no solo apareció la imagen de la Virgen María en ella, sino también la belleza y fragancia de las rosas que había cortado en el cerro del Tepeyac. El mensajero de Nuestra Señora, Juan Diego, era como un diminuto pediocactus, junto a la espléndida belleza de La Madre de Dios.

Al igual que un niño, estaba agradecido de poder decir Padre a Dios y Madre a la Santísima Virgen María. Ante Dios, nuestro Padre y Creador, ¿acaso no somos todos los seres humanos como diminutos pediocactus? ¿No somos afortunados cuando encontramos la humildad de decir junto con San Juan Bautista “Es necesario que él crezca y que yo disminuya�

La mayoría de nosotros tarda mucho en darse cuenta de nuestra verdadera estatura ante el Señor. Pero, de vez en cuando, Dios eleva a una persona con santidad, como el pequeño pediocactus, y nos invita a oírlo decir con Jesús, el Hijo de María «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.†Mateo 11. 25.